viernes, 6 de junio de 2014

Bajo la misma Estrella: Capítulo 5
No volví a hablar con Augustus en casi una semana. La noche de los trofeos rotos lo había llamado yo, así que lo normal en estos casos era esperar a que me llamara él. Pero no lo hizo. Sin embargo, no me pasaba todo el día con el teléfono en la mano sudorosa, mirándolo fijamente, vestida con mis mejores galas y esperando pacientemente a que mi caballero estuviera a la altura de su nombre. Seguí con mi vida. Una tarde quedé con Kaitlyn y su novio (mono, pero nada augusto, la verdad) a tomar un café, ingerí mi dosis diaria de Phalanxifor, fui tres mañanas a mis clases de la facultad, y cada noche me senté a cenar con mis padres.
El domingo por la noche cenamos pizza de pimiento verde y brócoli. Estábamos en la cocina, sentados alrededor de nuestra pequeña mesa redonda, cuando empezó a sonar mi móvil, pero no pude ir a ver quién era porque en casa teníamos la estricta norma de no contestar al teléfono mientras cenábamos.
Comí un poco mientras mis padres charlaban sobre el terremoto que acababa de asolar Papúa Nueva Guinea. Se habían conocido allí, en el Cuerpo de Paz, así que cada vez que sucedía algo en Papúa Nueva Guinea, por terrible que fuera, era como si de pronto ya no fueran criaturas maduras y sedentarias, sino los jóvenes idealistas, autosuficientes y fuertes que habían sido en otros tiempos. Se quedaron tan embelesados que ni siquiera me miraban mientras yo comía más deprisa que nunca, trasladando los alimentos del plato a mi boca a una velocidad y con una furia que casi me dejaron sin aliento, lo que por supuesto hizo que me preocupara la posibilidad de que mis pulmones volvieran a nadar en una piscina cada vez más llena de líquido. Me quité la idea de la cabeza como pude. En dos semanas tenía una hora para que me hicieran un escáner PET.[6] Si algo no iba bien, pronto lo descubriría. No ganaba nada preocupándome hasta entonces.
Pero aun así me preocupaba. Me gustaba ser una persona. Quería seguir adelante. Preocuparse es otro efecto colateral de estar muriéndose.
Acabé por fin la cena y pregunté a mis padres si me disculpaban, pero a duras penas interrumpieron su conversación sobre los puntos fuertes y las debilidades de la infraestructura guineana. Saqué el móvil del bolso, que estaba en la encimera de la cocina, y miré las llamadas perdidas. Augustus Waters.
Salí por la puerta trasera hacia la penumbra. Veía los columpios y pensé en acercarme y columpiarme mientras hablaba con él, pero me pareció que estaban demasiado lejos, porque la cena me había dejado agotada.
Me tumbé en la hierba, en un extremo del patio, observé Orión, la única constelación que distinguía, y lo llamé.
—Hazel Grace —me dijo.
—Hola —le contesté—. ¿Qué tal?
—Muy bien —me contestó—. Quería llamarte a todas horas, pero he esperado a hacerme una idea coherente en lo relativo a Un dolor imperial.
(Dijo «en lo relativo», de verdad. Este chico…)
—¿Y? —le pregunté.
—Creo que es como… Al leerlo, sigo pensando algo así como… como…
—¿Cómo? —le pregunté para chincharlo.
—¿Como si fuera un regalo? —me preguntó a su vez—. Como si me hubieras regalado algo importante.
—Vaya —respondí en voz baja.
—Decepcionante —añadió—. Lo siento.
—No —le contesté—. No. No lo sientas.
—Pero no acaba.
—No.
—Qué tortura, aunque lo entiendo muy bien. Entiendo que murió o algo así.
—Sí, eso mismo creo yo —le dije.
—De acuerdo, me parece muy bien, pero entre el autor y el lector hay una especie de contrato no escrito, y creo que no acabar un libro infringe ese contrato.
—No lo sé —le contesté, decidida a defender a Peter van Houten—. Según cómo, es de lo que más me gusta del libro. Describe la muerte sinceramente. Te mueres en medio de la vida, en mitad de una frase. La verdad es que quiero saber qué pasa con los demás, por eso se lo pregunté en mis cartas. Pero nunca contesta.
—¿Me dijiste qué vivía apartado del mundo?
—Exacto.
—Imposible seguirle el rastro.
—Exacto.
—Totalmente inalcanzable —dijo Augustus.
—Desgraciadamente.
—«Querido señor Waters —siguió diciendo Augustus—. Le escribo para agradecerle su correo electrónico, que recibí por medio de la señorita Vliegenthart el 6 de abril, procedente de Estados Unidos, siempre y cuando pueda decirse que la geografía existe en nuestra triunfalmente digitalizada contemporaneidad.»
—Augustus, ¿qué coño es eso?
—Tiene una ayudante —me contestó Augustus—. Lidewij Vliegenthart. La encontré, le mandé un e-mail, y ella se lo entregó. Me ha contestado desde el correo de la chica.
—Vale, vale. Sigue leyendo.
—«Le escribo mi respuesta con tinta y papel, en la gloriosa tradición de nuestros antepasados, y después la señorita Vliegenthart la transcribirá a series de unos y ceros para que viaje por la insípida red en la que últimamente ha quedado atrapada nuestra especie, de modo que le pido disculpas por cualquier error u omisión que pudiera producirse.
»Dada la bacanal de entretenimientos a disposición de los jóvenes de su generación, agradezco a cualquiera, esté donde esté, que reúna las horas necesarias para leer mi librito, pero me siento en deuda en especial con usted, tanto por sus amables palabras sobre Un dolor imperial como por haber dedicado tiempo a decirme que el libro, y aquí lo cito literalmente, “significa mucho” para usted.
»Sin embargo, este comentario me lleva a preguntarme qué significa para usted “significa”. Teniendo en cuenta que nuestra lucha es al final inútil, ¿es el efímero impacto del significado lo que el arte nos ofrece de valioso? ¿O el único valor es pasar el tiempo lo más cómodos posible? ¿Qué tendría que intentar emular una historia, Augustus? ¿Un timbre de alarma? ¿La llamada a las armas? ¿Un goteo de morfina? Por supuesto, como toda pregunta sobre el universo, esta vía de investigación nos obliga inevitablemente a preguntarnos qué significa ser humano y, tomando prestada una frase de los quinceañeros angustiados a los que usted sin duda vilipendia, si todo esto tiene sentido.
»Me temo que no, amigo mío, y que usted se sentiría muy poco estimulado si leyera otros textos míos. Pero responderé a su pregunta: no, no he escrito nada más, ni lo haré. No creo que seguir compartiendo mis pensamientos con lectores vaya a beneficiarlos a ellos, y tampoco a mí. Le agradezco de nuevo su generoso e-mail.
»Se despide atentamente, Peter van Houten, vía Lidewij Vliegenthart.»
—¡Uau! —exclamé—. ¿Lo has escrito tú?
—Hazel Grace, ¿crees qué con mi precaria capacidad intelectual podría escribir una carta de Peter van Houten utilizando expresiones como «nuestra triunfalmente digitalizada contemporaneidad»?
—No, no podrías —admití—. ¿Puedes… puedes pasarme su dirección de e-mail?
—Por supuesto —me contestó Augustus como si no fuera el mejor regalo posible.
Pasé las siguientes dos horas escribiendo un e-mail a Peter van Houten. Parecía que cada vez que lo corregía quedaba peor, pero no podía dejar de hacerlo.
Querido señor Peter van Houten
(a través de Lidewij Vliegenthart):
Me llamo Hazel Grace Lancaster. Mi amigo Augustus Waters, que leyó Un dolor imperial por recomendación mía, acaba de recibir un e-mail suyo desde esta dirección. Espero que no le importe que Augustus haya compartido el e-mail conmigo.
Señor van Houten, por su correo a Augustus entiendo que no tiene previsto publicar más libros. Me siento en parte decepcionada, aunque también aliviada, porque así no tendré que preocuparme de si su siguiente libro estará a la altura de la magnífica perfección del primero. Como enferma de un cáncer de estadio IV desde hace tres años, tengo que decirle que en Un dolor imperialtodo es perfecto. O al menos para mí. Su libro me cuenta lo que estoy sintiendo incluso antes de que lo sienta, y lo he releído muchísimas veces.
Sin embargo, me pregunto si le importaría contestarme a un par de preguntas sobre lo que sucede después del final de la novela. Entiendo que el libro termina porque Anna muere o está demasiado enferma para seguir escribiendo, pero realmente me gustaría saber qué pasa con la madre de Anna, si se casa con el Tulipán Holandés, si tiene otro hijo, si sigue viviendo en el número 917 de la W. Temple, etcétera. Me gustaría saber además si el Tulipán Holandés es un impostor o la quiere de verdad. ¿Qué pasa con los amigos de Anna, en especial, Claire y Jake? ¿Siguen juntos? Y por último —soy consciente de que esta es la profunda y sesuda pregunta que siempre esperó que le hicieran sus lectores—, ¿qué le sucede a Sísifo, el hámster? Estas preguntas llevan años obsesionándome, y no sé cuánto tiempo me queda para encontrar las respuestas.
Sé que no son preguntas importantes desde el punto de vista literario y que su libro está lleno de cuestiones literariamente importantes, pero de verdad me gustaría mucho saberlo.
Y por supuesto, si algún día decide escribir algo más, aunque no quiera publicarlo, estaría encantada de leerlo. Le aseguro que leería hasta sus listas de la compra.
Con toda mi admiración,
Hazel Grace Lancaster.
(16 años)
Después de haberlo mandado volví a llamar a Augustus. Estuvimos mucho rato hablando de Un dolor imperial, le leí el poema de Emily Dickinson que Van Houten había utilizado para el título, y él me dijo que leía muy bien en voz alta, aunque no hice demasiada pausa entre los versos, y entonces me dijo que el sexto volumen de El precio del amanecer, La sangre está de acuerdo, empieza citando un poema. Tardó un minuto en encontrar el libro, pero al final me leyó la cita: «Y decirte: tu vida se ha roto. Tu último buen beso lo diste hace muchos años».
—No está mal —le dije—. Un poco pretencioso. Creo que Max Mayhem diría que es una mariconada.
—Sí, y apretaría los dientes, seguro. En este libro Mayhem se pasa el día apretando los dientes. Seguro que, si sale vivo del combate, acabará pillando una disfunción temporomandibular. —Y un segundo después me preguntó—: ¿Cuándo diste tu último buen beso?
Lo pensé. Mis besos —todos antes del diagnóstico— habían sido incómodos y sensibleros, hasta cierto punto siempre parecíamos niños jugando a ser mayores. Pero desde luego había pasado tiempo.
—Hace años —dije por fin—. ¿Y tú?
—Me di unos cuantos buenos besos con mi ex novia, Caroline Mathers.
—¿Hace años?
—El último fue hace menos de un año.
—¿Qué pasó?
—¿Mientras nos besábamos?
—No, contigo y con Caroline.
—Bueno… —me contestó. Y un segundo después—: Caroline ya no participa de la cualidad de ser persona.
—Vaya… —dije yo.
—Sí.
—Lo siento —añadí.
Había conocido a muchas personas que habían muerto, por supuesto, pero nunca había salido con ninguna de ellas. La verdad es que no podía ni imaginármelo.
—No es culpa tuya, Hazel Grace. Solo somos efectos colaterales, ¿verdad?
—«Percebes en el buque de la conciencia» —dije citando Un dolor imperial.
—Sí. Me voy a dormir. Es casi la una.
—Bien —le contesté.
—Bien —me respondió.
Me dio la risa tonta y repetí «Bien». La línea se quedó en silencio, pero no se cortó. Casi sentía que estaba en la habitación conmigo, pero mejor, porque ni yo estaba en mi habitación ni él en la suya, sino que estábamos juntos en algún lugar invisible e indeterminado al que solo podía llegarse por teléfono.
—Bien —dijo después de una eternidad—. Quizá «bien» será nuestro «siempre».
—Bien —añadí.
Al final colgó Augustus.
Peter van Houten contestó al e-mail de Augustus a las cuatro horas de habérselo mandado, pero dos días después todavía no había respondido al mío. Augustus me aseguraba que era porque mi e-mail era mejor y exigía pensar bien la respuesta, que Van Houten estaba escribiendo las respuestas a mis preguntas y que su prosa brillante requería tiempo. Pero aun así me preocupé.
El miércoles, durante la clase de poesía estadounidense para tontos, recibí un mensaje de Augustus:
Isaac ya ha salido del quirófano. Ha ido bien. Oficialmente SEC.
SEC significaba «sin evidencias de cáncer». Unos segundos después me llegó un segundo mensaje.
Bueno, está ciego. Es una pena.
Aquella tarde, mi madre aceptó prestarme el coche para que fuera al Memorial a ver a Isaac.
Encontré su habitación en la quinta planta. Llamé a la puerta, aunque estaba abierta, y una voz femenina me dijo que entrara. Era una enfermera que estaba haciendo algo en las vendas que cubrían los ojos de Isaac.
—Hola, Isaac —lo saludé.
—¿Mon? —preguntó.
—No, lo siento, no. Soy… Hazel. Bueno… Hazel, la del grupo de apoyo, la Hazel de la noche de los trofeos rotos.
—Ah —contestó—. No dejan de repetirme que los demás sentidos se me desarrollarán más para compensar, pero ESTÁ CLARO QUE TODAVÍA NO. Hola, Hazel, la del grupo de apoyo. Acércate para que te examine la cara con las manos y vea tu alma más profundamente que cualquier persona con vista.
—Está de broma —me dijo la enfermera.
—Sí, ya me he dado cuenta —le contesté.
Me dirigí a la cama, acerqué una silla, me senté y le cogí de la mano.
—Hola —le dije.
—Hola —me respondió.
Nos quedamos un instante en silencio.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunté.
—Bien —me contestó—. No sé.
—¿Qué es lo que no sabes? —le pregunté.
Le miraba la mano porque no quería mirar su rostro con los ojos vendados. Isaac se mordió las uñas, y vi un poco de sangre en los extremos de un par de cutículas.
—Ni siquiera ha venido a verme —me dijo—. No sé, salimos juntos catorce meses. Catorce meses es mucho tiempo. Joder, duele.
Isaac se soltó de mi mano para buscar a tientas la bomba de infusión, que presionó para que le proporcionara una dosis de narcóticos.
La enfermera, que había terminado de cambiar el vendaje, retrocedió unos pasos.
—Solo ha pasado un día, Isaac —le dijo con cierto tono condescendiente—. Tienes que darte tiempo para que cicatrice. Y catorce meses no es tanto tiempo, no en el orden del universo. Acabas de empezar, chaval. Ya lo verás.
La enfermera se marchó.
—¿Se ha ido?
Asentí, pero enseguida me di cuenta de que no podía ver mi gesto.
—Sí —respondí.
—¿Ya lo veré? ¿De verdad? ¿Lo ha dicho en serio?
—Cualidades de una buena enfermera: empieza —le dije.
—Uno: no jugar con palabras que tengan que ver con tu discapacidad —contestó Isaac.
—Dos: sacar sangre al primer intento —continué yo.
—De verdad, es muy fuerte. ¿Esto es mi puñetera mano o una diana? Tres: no hablar con condescendencia.
—¿Cómo estás, cariño? —le pregunté con tono empalagoso—. Ahora voy a pincharte con una aguja. Puede dolerte un poquito.
—¿Está pachuchito mi niño? —añadió Isaac—. En realidad la mayoría son buenas. Es solo que quiero acabar con esto de una puta vez.
—¿Te refieres al hospital?
—Al hospital también —me contestó.
Tensó la boca. Era evidente que le dolía.
—Sinceramente, pienso muchísimo más en Monica que en mi ojo. ¿No es una locura? Es una locura.
—Es un poco locura —admití.
—Pero creo en el amor verdadero. ¿Tú no? Creo que no todo el mundo puede conservar sus ojos, o no ponerse enfermo, o lo que sea, pero todo el mundo debería tener amor verdadero, y debería durar como mínimo toda la vida.
—Sí —le dije.
—A veces deseo que nada de esto hubiera sucedido. Esta historia del cáncer.
Hablaba cada vez más despacio. El medicamento empezaba a hacerle efecto.
—Lo siento —añadí.
—Gus ha estado aquí hace un rato. Estaba aquí cuando me he despertado. Se ha saltado las clases. Gus… —Ladeó un poco la cabeza—. Ahora mejor —dijo en voz baja.
—¿El dolor? —le pregunté.
Asintió ligeramente.
—Bien. —Y como soy una zorrona, añadí—: Estabas diciéndome algo de Gus.
Pero ya se había dormido.
Bajé a la tienda de regalos, diminuta y sin ventanas, y pregunté a la decrépita voluntaria que estaba sentada en un taburete detrás de la caja registradora qué flores olían más.
—Todas huelen igual. Las rocían con perfume —me contestó.
—¿En serio?
—Sí, las empapan.
Abrí el refrigerador situado a su izquierda, olí una docena de rosas y después me incliné sobre unos claveles. Olían igual, y además mucho. Los claveles eran más baratos, así que cogí una docena de color amarillo. Me costaron catorce dólares. Volví a la habitación. Había llegado su madre, que lo tenía cogido de la mano. Era joven y muy guapa.
—¿Eres una amiga? —me preguntó.
Su pregunta me golpeó, como si hubiera sido una de esas preguntas involuntariamente amplias e incontestables.
—Bueno, sí —le contesté—. Soy del grupo de apoyo. Le he traído unas flores.
Las cogió y las dejó sobre sus rodillas.
—¿Conoces a Monica? —me preguntó.
Negué con la cabeza.
—Bueno, está dormido —me dijo.
—Sí. He hablado con él hace un rato, cuando estaban cambiándole el vendaje.
—Me ha fastidiado mucho tener que dejarlo en ese momento, pero tenía que ir a buscar a Graham al colegio —me explicó.
—Ha ido bien —le dije.
La mujer asintió.
—Debería dejarlo dormir —añadí.
La madre de Isaac volvió a asentir, y me marché.
A la mañana siguiente me desperté temprano y lo primero que hice fue consultar mi correo.
lidewij.vliegenthart@gmail.com por fin me había contestado.
Querida señorita Lancaster:
Temo que ha depositado su fe en un lugar equivocado, pero suele pasar con la fe. No puedo contestar a sus preguntas, al menos no por escrito, porque poner por escrito esas respuestas constituiría la segunda parte de Un dolor imperial, que usted podría publicar o compartir en esa red que ha sustituido los cerebros de su generación. Está el teléfono, pero en ese caso podría grabar la conversación. No es que no confíe en usted, por supuesto, pero no confío en usted. Desgraciadamente, querida Hazel, solo podría responder a este tipo de preguntas en persona, pero usted está allí, y yo estoy aquí.
Una vez aclarado este punto, debo confesarle que me ha encantado recibir su inesperado correo a través de la señorita Vliegenthart. Es maravilloso saber que hice algo útil para usted, aunque siento ese libro tan distante que me da la impresión de que lo ha escrito otra persona. (El autor de esa novela era muy delgado, muy débil y relativamente optimista.)
No obstante, si alguna vez pasa por Amsterdam, venga a visitarme cuando quiera. Suelo estar en casa. Incluso le permitiré que eche un vistazo a mis listas de la compra.
Atentamente,
Peter van Houten
a través de Lidewij Vliegenthart
—¿CÓMO? —grité—. ¿QUÉ MIERDA DE VIDA ES ESTA?
Mi madre entró corriendo.
—¿Qué pasa?
—Nada —le aseguré.
Todavía nerviosa, mi madre se arrodilló para comprobar si Philip condensaba el oxígeno adecuadamente. Me imaginé sentada en una luminosa cafetería con Peter van Houten, que se apoyaba en los codos, se inclinaba hacia delante y me hablaba en voz baja para que nadie pudiera oír lo que sucedió con los personajes en los que había pasado años pensando. Me había dicho que solo podría decírmelo en persona, y me había invitado a visitarlo en Amsterdam. Se lo expliqué a mi madre.
—Tengo que ir —le dije por fin.
—Hazel, te quiero y sabes que haría cualquier cosa por ti, pero no… no tenemos dinero para viajar al extranjero, y los gastos para conseguir equipo médico allí… Cariño, no es…
—Sí —la interrumpí. Me di cuenta de que había sido una tontería incluso planteárselo—. No te preocupes.
Pero mi madre parecía preocupada.
—Es muy importante para ti, ¿verdad? —me preguntó sentándose y acercando una mano a mi pierna.
—Sería increíble ser la única persona que sabe qué sucede aparte de él —le contesté.
—Sería increíble —me dijo—. Hablaré con tu padre.
—No, no hables con él —le dije—. En serio. No gastéis dinero en esto, por favor. Ya se me ocurrirá algo.
De pronto pensé que la razón por la que mis padres no tenían dinero era yo. Había dilapidado los ahorros de la familia con el Phalanxifor, y mi madre no podía trabajar porque se dedicaba profesionalmente a merodear a mi alrededor a jornada completa. No quise que se endeudaran todavía más.
Le dije a mi madre que quería llamar a Augustus para que saliera de mi habitación, porque no podía soportar su tristeza por no poder cumplir los sueños de su hija.
Le leí la carta sin haberle siquiera saludado, al más puro estilo Augustus Waters.
—Uau —dijo.
—Ya sé. ¿Cómo voy a ir a Amsterdam?
—¿No te corresponde un deseo? —me preguntó refiriéndose a «los genios», es decir, la Genie Foundation, una organización que se ocupa de financiar un deseo a niños enfermos.
—No —le respondí—. Ya lo gasté antes del milagro.
—¿Qué hiciste?
Suspiré ruidosamente.
—Tenía trece años —le dije.
—No me digas que fuiste a Disney…
No le contesté.
—Dime que no fuiste a Disney World.
No le contesté.
—¡Hazel GRACE! —gritó—. Dime que no gastaste tu único deseo de moribunda en ir a Disney World con tus padres.
—Y al Epcot Center [7] —murmuré.
—Joder —dijo Augustus—. No me puedo creer que esté colado por una tía con deseos tan estereotipados.
—Tenía trece años —repetí.
Por supuesto, lo único que pensaba era «colado, colado, colado, colado, colado». Me sentía halagada, pero cambié de tema inmediatamente.
—¿No tendrías que estar en el instituto?
—Me he saltado la clase para estar con Isaac, pero está durmiendo, así que estoy en el vestíbulo haciendo geometría.
—¿Cómo está? —le pregunté.
—No sé si es que no está preparado para enfrentarse a la gravedad de su discapacidad o si realmente le importa más que lo haya dejado Monica, pero no habla de otra cosa.
—Ya —le dije—. ¿Cuánto tiempo va a quedarse en el hospital?
—Unos días. Luego irá un tiempo a rehabilitación, pero dormirá en su casa, creo.
—Qué mierda.
—Llega su madre. Tengo que irme.
—Bien —le dije.
—Bien —me contestó.
Podía oír su sonrisa torcida.
El sábado fui con mis padres al mercado al aire libre de Broad Ripple. Hacía sol, cosa rara en Indiana en el mes de abril, así que todo el mundo iba en manga corta, aunque la temperatura no era para tanto. Los de Indiana somos demasiado optimistas respecto del verano. Mi madre y yo nos sentamos en un banco frente a un puesto de jabones de leche de cabra en el que un hombre con un pantalón de peto explicaba a todo el que pasaba que sí, que las cabras eran suyas, y que no, que el jabón de leche de cabra no huele a cabra.
Sonó mi móvil.
—¿Quién te llama? —me preguntó mi madre antes de que hubiera podido verlo.
—No lo sé —le contesté.
Era Gus.
—¿Estás en casa? —me preguntó.
—No —le contesté.
—Era una trampa. Ya sabía que no, porque ahora mismo estoy en tu casa.
—Vaya… Bueno, creo que volvemos ya.
—Genial. Hasta ahora.
Augustus Waters estaba sentado en la escalera de la entrada cuando llegamos al camino. Llevaba en la mano un ramo de tulipanes de color naranja que apenas empezaban a abrirse e iba vestido con una camiseta de los Pacers de Indiana y una chaqueta por encima, elección poco habitual en él, aunque le sentaba muy bien. Se levantó y me tendió los tulipanes.
—¿Quieres qué vayamos de picnic? —me preguntó.
Asentí mientras cogía las flores.
—¿Es una camiseta de Rik Smits? —le preguntó mi padre.
—Por supuesto.
—Me encantaba ese tío —dijo mi padre.
Se metieron de inmediato en una conversación sobre baloncesto a la que no podía (y no quería) unirme, así que entré en casa a dejar los tulipanes.
—¿Quieres qué los ponga en un jarrón? —me preguntó mi madre con una enorme sonrisa en la cara.
—No, déjalo —le contesté.
Si los hubiéramos puesto en un jarrón en el comedor, habrían sido flores para todos. Quería que fueran mías.
Me metí en mi habitación, pero no me cambié de ropa. Me cepillé el pelo y los dientes, y me di brillo en los labios y un ligero toque de perfume. No dejaba de mirar las flores. Eran de un naranja chillón, casi demasiado anaranjadas para ser bonitas. No tenía ningún jarrón, así que saqué el cepillo de dientes del vaso, lo llené de agua hasta la mitad y dejé las flores allí, en el cuarto de baño.
Cuando volví a mi habitación, los oí hablando, de modo que me senté un rato en el borde de la cama y escuché por el hueco de la puerta.
Mi padre: Así que conociste a Hazel en el grupo de apoyo…
Augustus: Sí, señor. Tienen una casa muy bonita. Me gustan los cuadros.
Mi madre: Gracias, Augustus.
Mi padre: Entonces tú también has tenido…
Augustus: Sí. No me corté la pierna por puro placer, aunque es un método excelente para perder peso. Las piernas pesan mucho…
Mi padre: ¿Y cómo estás ahora?
Augustus: SEC desde hace catorce meses.
Mi madre: Qué bien. Hoy en día hay muchas opciones de tratamiento.
Augustus: Lo sé. Tengo mucha suerte.
Mi padre: Augustus, tienes que entender que Hazel todavía está enferma, y lo seguirá estando el resto de su vida. Querrá seguir tu ritmo, pero sus pulmones…
En ese momento aparecí y mi padre se calló.
—¿Adónde vais a ir? —preguntó mi madre.
Augustus se levantó, se inclinó hacia ella y le susurró la respuesta, pero enseguida le colocó un dedo sobre los labios.
—Chist —le dijo—. Es un secreto.
Mi madre sonrió.
—¿Has cogido el móvil? —me preguntó.
Lo alcé para que lo viera, incliné el carro del oxígeno y eché a andar. Augustus llegó corriendo hasta mí para ofrecerme su brazo, que cogí. Rodeé con los dedos su bíceps.
Desgraciadamente, se empeñó en conducir para que la sorpresa fuera una sorpresa.
—Mi madre se ha quedado encantada contigo —le dije mientras traqueteábamos hacia nuestro destino.
—Sí, y tu padre es fan de Smits, que algo ayuda. ¿Crees qué les gusto?
—Seguro, pero ¿qué importa? Solo son padres.
—Son tus padres —dijo lanzándome una mirada—. Además, me gusta gustar. ¿Es una tontería?
—Bueno, no tienes que correr a abrirme las puertas ni cubrirme de piropos para gustarme.
Pegó un frenazo y salí disparada hacia delante con tanta fuerza que me costaba mucho respirar. Pensé en el escáner. «No te preocupes. Preocuparse es inútil.» Pero me preocupaba.
Íbamos a toda pastilla, dejamos atrás un stop y giramos a la izquierda, hacia el mal llamado Grandview (creo que se ve un camino de cabras, pero nada especialmente bonito). No podía dejar de pensar que aquella dirección llevaba al cementerio. Augustus alargó un brazo hasta la guantera, abrió un paquete de tabaco y sacó un cigarrillo.
—¿Los tiras alguna vez? —le pregunté.
—Una de las muchas ventajas de no fumar es que los paquetes de tabaco duran una eternidad —me contestó—. Este lo tengo desde hace casi un año. Algunos cigarros se rompen por el filtro, pero creo que este paquete fácilmente podría durarme hasta que cumpla dieciocho. —Sujetó el filtro entre los dedos y después se lo llevó a la boca—. Bueno, dime algunas cosas que nunca se ven en Indianápolis.
—A ver… Gente mayor flaca —le contesté.
Se rió.
—Bien. Más cosas.
—Pues… playas. Restaurantes familiares. Paisajes.
—Excelentes ejemplos de cosas que no tenemos. Tampoco cultura.
—Sí, estamos algo escasos de cultura —le dije cayendo en la cuenta de adónde me llevaba—. ¿Vamos al museo?
—Por así decirlo.
—Ah, ¿vamos a esa especie de parque?
Gus pareció desanimarse un poco.
—Sí, vamos a esa especie de parque —me dijo—. Lo habías deducido, ¿verdad?
—¿Deducido el qué?
—Nada.
Detrás del museo había un parque con grandes esculturas de varios artistas. Había oído hablar de él, pero nunca había ido. Pasamos el museo y aparcamos justo al lado de un campo de baloncesto con enormes arcos metálicos azules y rojos que representaban el itinerario de un balón en movimiento.
Caminamos al pie de lo que en Indianápolis se considera una colina hacia un claro en el que los niños subían por una enorme escultura con forma de esqueleto. Los huesos eran más o menos del grosor de un cuerpo humano, y el fémur era más largo que yo. Parecía un dibujo infantil de un esqueleto tumbado en el suelo.
Me dolía el hombro. Temía que el cáncer se hubiera extendido desde los pulmones. Imaginaba que el tumor hacía metástasis en mis huesos y me agujereaba el esqueleto como una anguila resbaladiza y malintencionada.
Funky Bones —me dijo Augustus—, de Joep van Lieshout.
—Suena a holandés.
—Lo es —me contestó Gus—. Como Rik Smits. Y como los tulipanes.
Gus se detuvo en medio del claro, con los huesos justo enfrente de nosotros. Se soltó la mochila de un hombro, y luego del otro. La abrió y sacó una manta naranja, una botella de zumo de naranja y unos sándwiches sin corteza envueltos en film transparente.
—¿Qué pasa con tanto naranja? —le pregunté.
No me permitía a mí misma imaginar que todo aquello pudiera conducir a Amsterdam.
—Es el color nacional de Holanda, por supuesto. ¿Recuerdas a Guillermo de Orange y todo eso?
—No entraba para el examen de bachillerato —le contesté sonriendo e intentando contener los nervios.
—¿Un sándwich? —me preguntó.
—A ver si lo adivino… —le dije.
—Queso holandés. Y tomate. Los tomates son de México. Lo siento.
—Siempre lo fastidias todo, Augustus. ¿No podrías al menos haber comprado tomates naranjas?
Se rió. Nos comimos los sándwiches en silencio, observando a los niños que jugaban en la escultura. No podía preguntarle más, de modo que me limité a quedarme allí sentada, rodeada de cosas holandesas y sintiéndome torpe e ilusionada.
A cierta distancia, bañados en una luz nítida, tan escasa y apreciada en nuestra ciudad, unos niños hacían un esqueleto en un parque infantil y saltaban entre los huesos falsos.
—Me gustan dos cosas de esta escultura —me dijo Augustus.
Sostenía entre los dedos el cigarrillo sin encender y le daba golpecitos, como si quisiera expulsar la ceniza. Volvió a colocárselo en la boca.
—Lo primero, que los huesos están tan separados que, si eres un niño, no puedes resistir la tentación de saltar entre ellos. Tienes que saltar de la caja torácica al cráneo. Y eso significa, en segundo lugar, que la escultura básicamente obliga a los niños a jugar con huesos. Las connotaciones simbólicas son infinitas, Hazel Grace.
—Te encantan los símbolos —le dije con la esperanza de orientar la conversación hacia los símbolos holandeses de nuestro picnic.
—Tienes razón. Seguramente te preguntas por qué estás comiéndote un sándwich de queso malo y bebiéndote un zumo de naranja, y por qué llevo la camiseta de un holandés que jugaba a un deporte que he llegado a odiar.
—Se me ha pasado por la cabeza —le contesté.
—Hazel Grace, como muchos otros niños antes que tú, y te lo digo con todo el cariño, gastaste tu deseo deprisa y corriendo, sin plantearte las consecuencias. La Parca te miraba fijamente, y el miedo a morirte, junto con el deseo todavía en tu proverbial bolsillo, sin haberlo utilizado, te hizo precipitarte hacia el primer deseo que se te ocurrió, y, como muchos otros, elegiste los placeres fríos y artificiales de un parque temático.
—La verdad es que me lo pasé muy bien en aquel viaje. Vi a Goofy y a Minnie…
—¡Estoy en mitad de un discurso! Lo he escrito y me lo he aprendido de memoria, así que si me interrumpes, seguro que la cago —me cortó Augustus—. Te pido que te comas tu sándwich y que me escuches.
El sándwich estaba tan seco que era incomestible, pero aun así sonreí y le di un mordisco.
—Bien, ¿por dónde iba?
—Por los placeres artificiales.
Metió el cigarrillo en el paquete.
—Sí, los placeres fríos y artificiales de un parque temático. Pero permíteme que te diga que los auténticos héroes de la fábrica de los deseos son los jóvenes que esperan, como Vladimir y Estragon esperan a Godot, y las buenas chicas cristianas esperan casarse. Estos jóvenes héroes esperan estoicamente y sin lamentarse a que se presente su verdadero deseo. Es cierto que podría no llegar nunca, pero al menos descansarán en su tumba sabiendo que han hecho su pequeña aportación para preservar la integridad de la idea de deseo.
»Pero resulta que quizá el deseo sí se presenta. Quizá descubres que tu único y verdadero deseo es ir a ver al brillante Peter van Houten a su exilio en Amsterdam, y en ese caso sin duda te alegrarás de no haber gastado tu deseo.
Augustus se quedó callado el tiempo suficiente para que imaginara que había terminado su discurso.
—Pero yo sí que gasté mi deseo —le respondí.
—Vaya… —me dijo. Y luego, después de lo que me pareció una pausa calculada, añadió—: Pero yo no he gastado el mío.
—¿En serio?
Me sorprendió que Augustus fuera un candidato a recibir un deseo, porque todavía iba al instituto y su cáncer había remitido hacía un año. Hay que estar muy enfermo para que los genios te concedan un deseo.
—Me lo concedieron a cambio de la pierna —me explicó.
El sol le daba en la cara. Tenía que entrecerrar los ojos para mirarme, lo que le hacía arrugar la nariz. Estaba guapísimo.
—Pero no voy a regalarte mi deseo, no creas. A mí también me interesa conocer a Peter van Houten, y no tendría sentido conocerlo sin la chica que me recomendó su libro.
—Claro que no.
—Así que he hablado con los genios, y están totalmente de acuerdo. Me han dicho que Amsterdam es preciosa a principios de mayo. Me han propuesto que salgamos el 3 de mayo y volvamos el 7.
—¿De verdad, Augustus?
Se acercó, me tocó la mejilla y por un momento pensé que iba a besarme. Me puse tensa y creo que se dio cuenta, porque retiró la mano.
—Augustus, no tienes que hacerlo, de verdad.
—Claro que lo haré —me contestó—. He encontrado mi deseo.
—Eres el mejor —le dije.
—Apuesto a que se lo dices a todos los chicos que te financian los viajes internacionales —me contestar.
Bajo la misma Estrella:Capítulo 4
Aquella noche me fui a dormir temprano. Me puse unos bóxers y una camiseta, y me metí bajo las mantas de mi cama, que era de matrimonio y con almohada, y uno de mis lugares favoritos del mundo. Una vez dentro, empecé a leer Un dolor imperial por enésima vez.
El libro va de una chica llamada Anna (que narra la historia) y su madre tuerta, una jardinera profesional obsesionada con los tulipanes. Llevan una vida normal de clase media-baja en una pequeña ciudad del centro de California hasta que Anna sufre un raro cáncer en la sangre.
Pero no es un libro sobre el cáncer, porque los libros sobre el cáncer son una mierda. En los libros sobre el cáncer, el enfermo organiza una obra benéfica para recaudar fondos para luchar contra el cáncer, ¿verdad? Y esta dedicación a la obra benéfica le recuerda que la humanidad es básicamente buena y le hace sentirse querido y animado porque dejará un legado para curar el cáncer. Pero en Un dolor imperial Anna decide que ser una persona con cáncer que organiza una obra benéfica contra el cáncer es un poco narcisista, de modo que crea la Fundación Anna para Gente con Cáncer que Quiere Curar el Cólera.
Además Anna es mucho más sincera que nadie con todo este tema. A lo largo del libro alude a sí misma como «el efecto colateral», lo cual es del todo correcto. Los niños con cáncer son básicamente efectos colaterales de la incesante mutación que hace posible la diversidad en la Tierra. A medida que avanza la historia, está cada vez más enferma, los tratamientos y la enfermedad compiten por acabar con ella, y su madre se enamora de un comerciante de tulipanes holandés al que Anna llama el Tulipán Holandés. El tipo tiene mucho dinero y un sinfín de ideas excéntricas sobre cómo tratar el cáncer, pero Anna cree que puede ser un farsante y que seguramente ni siquiera es holandés, y entonces, cuando el presunto holandés y su madre están a punto de casarse y Anna va a empezar una dieta a base de pasto de trigo y pequeñas dosis de arsénico, el libro acaba en la mitad de una…
Sé que es una opción muy literaria y todo eso, y seguramente es una de las razones por las que me gusta tanto el libro, pero lo recomendable es que la historia acabe. Y si no puede acabar, al menos debería seguir indefinidamente, como las aventuras del equipo del sargento Max Mayhem.
Entendí que la historia acababa porque Anna se moría o se ponía demasiado enferma para escribir, y se suponía que aquella interrupción en mitad de la frase reflejaba cómo termina la vida realmente, pero en la historia había otros personajes además de Anna, así que me parecía injusto que nunca llegara a saber lo que pasó con ellos. Había escrito un montón de cartas a Peter van Houten, que enviaba a su editor, preguntándole qué sucede después de que él dé por finalizada la historia, si el Tulipán Holandés es un farsante, si la madre de Anna acaba casándose con él, qué pasa con el estúpido hámster de Anna (al que su madre odia), si los amigos de Anna acaban el bachillerato y cosas por el estilo, pero nunca respondió a ninguna de mis cartas.
Un dolor imperial era el único libro de Peter van Houten, y lo único que parecía saberse de él era que después de que apareciera publicado se marchó de Estados Unidos y se instaló en Holanda, donde vivía recluido. Imaginaba que estaba trabajando en una segunda parte ambientada en Holanda. Quizá la madre de Anna y el Tulipán Holandés acaban trasladándose allí e intentando empezar una nueva vida. Pero desde la publicación del libro habían pasado diez años, y Van Houten no había publicado ni un post en un blog. No podía esperar eternamente.
Aquella noche, mientras releía el libro, me distraía cada dos por tres imaginando a Augustus Waters leyendo las mismas palabras que yo. Me preguntaba si le gustaría o si lo descartaría por pretencioso. Entonces recordé que le había prometido llamarlo en cuanto hubiera leído El precio del amanecer, así que busqué su número en la primera página y le mandé un mensaje.
Crítica de «El precio del amanecer»: demasiados muertos. Muy pocos adjetivos. ¿Qué tal «Un dolor imperial»?
Me respondió un minuto después:
Si no recuerdo mal, me prometiste LLAMARME cuando hubieras acabado el libro, no mandarme un mensaje.
Así que lo llamé.
—Hazel Grace —dijo nada más descolgar.
—¿Lo has leído?
—Bueno, no lo he terminado. Tiene seiscientas cincuenta y una páginas, y solo he tenido veinticuatro horas.
—¿Por dónde vas?
—Cuatrocientas cincuenta y tres.
—¿Y?
—Me reservo la opinión hasta que haya acabado. Pero tengo que decirte que me siento un poco mal por haberte pasado El precio del amanecer.
—No te sientas mal. Ya estoy en el Réquiem por Mayhem.
—Te has enganchado a la serie. Pero, dime, ¿el tío de los tulipanes es un timador? Me da mal rollo.
—No voy a contarte el final —le dije.
—Si no es un perfecto caballero, le sacaré los ojos.
—Sí que te has metido en la historia…
—¡Me reservo la opinión! ¿Cuándo nos vemos?
—Sin duda no hasta que hayas acabado Un dolor imperial.
Me divertía darle largas.
—Entonces mejor cuelgo y sigo leyendo.
—Sí, mejor —le contesté.
Y colgó sin decir una palabra más.
Ligar era nuevo para mí, pero me gustaba.
A la mañana siguiente me tocaba poesía estadounidense del siglo XX en la facultad. La vieja profesora consiguió hablar durante hora y media sobre Sylvia Plath sin citar una sola palabra suya.
Cuando salí de clase, mi madre estaba en el bordillo, frente al edificio.
—¿Has estado esperándome todo el rato? —le pregunté mientras me ayudaba a meter el carro y la bombona en el coche.
—No. He recogido la ropa de la lavandería y he ido a correos.
—¿Y qué más?
—He traído un libro —me dijo.
—Y luego dirás que soy yo la que necesita una vida…
Sonreí. Mi madre intentó devolverme la sonrisa, pero no terminó de salirle.
—¿Quieres qué vayamos al cine? —le pregunté un segundo después.
—Claro. ¿Quieres ver algo en concreto?
—Decidamos solo adónde ir, y vemos la primera peli que empiece.
Cerró mi puerta y rodeó el coche hasta el lado del conductor. Fuimos al teatro Castleton y vimos una película en 3-D sobre roedores que hablaban. La verdad es que fue divertida.
Cuando salí del cine, tenía cuatro mensajes de Augustus.
Dime que al libro le faltan las últimas veinte páginas.
Hazel Grace, dime que no he llegado al final del libro.
JODER SE CASAN O NO, JODER QUÉ ES ESTO
Supongo que Anna se muere y por eso acaba…? CRUEL. Llámame cuando puedas. Espero que todo vaya bien.
Cuando llegué a casa, salí al patio trasero, me senté en una silla de hierro oxidada y lo llamé. Era un día nuboso, típico de Indiana, ese tiempo que te invita a encerrarte. En medio del patio estaban los columpios de mi infancia, empapados y patéticos.
Augustus descolgó a la tercera señal.
—Hazel Grace —me dijo.
—Bienvenido a la dulce tortura de leer Un dolor
Me detuve al oír fuertes sollozos al otro lado de la línea.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Perfectamente —me contestó—, pero estoy con Isaac, que parece justo lo contrario.
Más gemidos. Como los gritos de muerte de un animal herido.
—Tío, tío —dijo Gus dirigiéndose a Isaac—, ¿te importa qué venga Hazel, la del grupo de apoyo? Isaac. MÍRAME.
Un minuto después Gus me dijo:
—¿Puedes venir a mi casa en unos veinte minutos?
—Claro —le contesté.
Y colgué.
Si se pudiera conducir en línea recta, desde mi casa a la de Augustus solo se tardaría unos cinco minutos, pero no se puede conducir en línea recta porque en medio está el Holliday Park.
Aunque era un inconveniente geográfico, el Holliday Park me gustaba mucho. Cuando era pequeña, me metía en el río White con mi padre, y siempre llegaba el gran momento en que me alzaba por los aires, me lanzaba, yo extendía los brazos como si volara, él los extendía también, y después ambos veíamos que nuestros brazos no iban a tocarse, que nadie iba a atraparme, y nos pegábamos un susto que nos cagábamos, y después caía al agua agitando las piernas, salía ilesa a la superficie a coger aire, y la corriente me arrastraba hasta él mientras decía: «Otra vez, papá, otra vez».
Aparqué en el camino de entrada, justo al lado de un viejo Toyota negro que supuse que era de Isaac. Me dirigí a la puerta arrastrando el carro con la bombona y llamé. Me abrió el padre de Gus:
—Solo Hazel. Encantado de verte.
—Augustus me ha pedido que viniera.
—Sí. Está con Isaac en el sótano.
En aquel momento se oyó un gemido procedente del piso de abajo.
—Debe de ser Isaac —me dijo el padre de Gus sacudiendo lentamente la cabeza—. Cindy ha tenido que salir. Los gritos… —dijo apartándose—. Bueno, supongo que te esperan abajo. ¿Quieres qué te lleve la… bombona? —me preguntó.
—No, ya puedo, pero gracias, señor Waters.
—Mark —me contestó.
Me asustaba un poco bajar. Escuchar a gente berreando de sufrimiento no es uno de mis pasatiempos preferidos. Pero bajé.
—Hazel Grace —dijo Augustus en cuanto oyó mis pasos—. Isaac, está bajando Hazel, del grupo de apoyo. Hazel, te recuerdo que Isaac está en pleno ataque de locura.
Augustus e Isaac estaban sentados en el suelo, en sillas de juego con forma de eles inclinadas y mirando fijamente un televisor gigante. La pantalla estaba dividida en dos partes, la de Isaac a la izquierda, y la de Augustus a la derecha. Se veía a soldados luchando en una ciudad moderna bombardeada. Era la ciudad de El precio del amanecer. Mientras me acercaba no vi nada raro: dos chicos sentados a la pálida luz de un enorme televisor pretendiendo matar gente.
Pero, cuando llegué a su altura, vi la cara de Isaac. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas enrojecidas, y su cara parecía una tensa máscara del dolor. Observaba fijamente la pantalla, sin lanzarme siquiera una mirada, y gritaba sin dejar de aporrear el mando.
—¿Qué tal, Hazel? —me preguntó Augustus.
—Muy bien —le contesté—. ¿Y tú, Isaac?
No me respondió. No hizo el menor signo de ser consciente de mi presencia. Sus lágrimas no dejaban de resbalar por su rostro hasta su camiseta negra.
Augustus apartó los ojos de la pantalla un segundo.
—Estás muy guapa —me dijo.
Yo llevaba un vestido por debajo de las rodillas que tenía desde hacía muchísimo tiempo.
—Las chicas piensan que solo deben ponerse vestidos en ocasiones formales, pero a mí me gusta una mujer que dice: «Voy a ver a un chico que sufre un ataque de nervios, un chico cuya conexión con el sentido de la vista es más bien leve, así que, qué narices, voy a ponerme un vestido para él».
—Aunque Isaac no se digne ni mirarme —le contesté—. Supongo que sigue enamorado de Monica.
Mis palabras provocaron un estruendoso sollozo.
—Es un tema un poco delicado —me explicó Augustus—. Isaac, no sé tú, pero tengo la ligera impresión de que nos están rodeando. —Y siguió diciéndome a mí—: Isaac y Monica ya no salen juntos, pero no quiere hablar del tema. Solo quiere llorar y jugar a Contrainsurgencia 2: El precio del amanecer.
—Me parece muy bien —le contesté.
—Isaac, me preocupa cada vez más nuestra posición. Si te parece, avanza hasta aquella gasolinera, y yo te cubro.
Isaac corrió hacia un edificio anodino mientras Augustus le seguía los pasos disparando salvajes ráfagas de ametralladora.
—Pero puedes hablar con él, que no muerde —añadió Augustus—. Dale algún sabio consejo femenino.
—La verdad es que creo que seguramente su reacción es la normal —respondí mientras una ráfaga de Isaac mataba a un enemigo que había asomado la cabeza desde la carrocería calcinada de una furgoneta.
Augustus asintió sin dejar de mirar la pantalla:
—Hay que sentir el dolor.
Era una frase de Un dolor imperial.
—¿Estás seguro de que no tenemos a nadie detrás? —preguntó a Isaac.
Al instante empezaron a silbar las balas por encima de sus cabezas.
—Joder, Isaac —dijo Augustus—. No quiero criticarte estando tan chungo, pero por tu culpa nos hemos quedado apartados, y ahora los terroristas tienen vía libre para llegar al colegio.
El personaje de Isaac salió corriendo hacia el fuego, zigzagueando por un estrecho callejón.
—Podrías ir hasta el puente y rodearlo —le dije.
Conocía aquella táctica gracias a El precio del amanecer.
Augustus suspiró.
—Desgraciadamente, el puente está todavía bajo control insurgente gracias a la dudosa estrategia de mi limitado equipo.
—¿A mí? —jadeó Isaac—. ¿A mí? Has sido tú el que ha propuesto que nos refugiáramos en la puta gasolinera.
Gus giró un segundo la cara de la pantalla y lanzó a Isaac una de sus sonrisas torcidas.
—Sabía que podías hablar, macho —le dijo—. Venga, vamos a salvar a algunos críos virtuales.
Cruzaron juntos el callejón disparando y escondiéndose en los momentos adecuados, hasta que llegaron al colegio, una sala en un edificio de una sola planta. Se agacharon detrás de un muro al otro lado de la calle y se cargaron a los enemigos uno tras otro.
—¿Por qué quieren entrar en el colegio? —pregunté.
—Quieren a los niños como rehenes —me respondió Gus.
Sus hombros oscilaban por encima del mando mientras aporreaba los botones. En sus brazos tensos se marcaban las venas. Isaac se inclinó hacia la pantalla con el mando bailando entre sus delgados dedos.
—Dale, dale, dale —dijo Augustus.
Seguían llegando oleadas de terroristas, pero los derribaron a todos con disparos sorprendentemente precisos, como tenía que ser para que no dispararan al colegio.
—¡Granada! ¡Granada! —gritó Augustus cuando algo avanzó trazando un arco desde el fondo de la pantalla, se introdujo por la entrada del colegio y rodó hasta la puerta.
Isaac, decepcionado, soltó el mando.
—Si esos cabrones no pueden coger rehenes, los matarán y dirán que hemos sido nosotros.
—¡Cúbreme! —exclamó Augustus.
Saltó desde detrás del muro y corrió hacia el colegio. Isaac recuperó el mando a tientas y empezó a disparar mientras las balas llovían sobre Augustus, al que alcanzaron una vez, y luego otra, pero siguió corriendo. Gritó: «¡NO PODÉIS MATAR A MAX MAYHEM!», y con una última combinación de botones se tiró encima de la granada, que detonó debajo de él. Su cuerpo desmembrado explotó como un géiser, y la pantalla se tiñó de rojo. Una voz ronca dijo: «MISIÓN NO CUMPLIDA», pero Augustus parecía no pensar lo mismo, porque sonreía viendo sus restos en la pantalla. Se metió una mano en el bolsillo, sacó un cigarro y se lo colocó entre los dientes.
—Los niños están salvados —dijo.
—Temporalmente —puntualicé.
—Toda salvación es temporal —dijo devolviéndome el disparo—. Los he salvado un minuto. Quizá es el minuto que los salva una hora, y esa hora los salva un año. Nadie va a salvarlos para siempre, Hazel Grace, pero mi vida los ha salvado un minuto, y menos es nada.
—Vale, de acuerdo —le contesté—. Solo estamos hablando de píxeles.
Se encogió de hombros, como si creyera que el juego era real. Isaac volvía a llorar. Augustus se giró bruscamente hacia él.
—¿Volvemos a intentarlo, cabo?
Isaac negó con la cabeza. Se inclinó sobre Augustus para mirarme.
—No quería hacerlo después —me dijo con las cuerdas vocales muy tensas.
—No quería dejar a un ciego —añadí yo.
Hizo un gesto afirmativo. Sus lágrimas parecían un silencioso metrónomo, constante e infinito.
—Dice que no puede sobrellevarlo —continuó—. Estoy a punto de perder la vista, y la que no puede sobrellevarlo es ella.
Pensé en la palabra «sobrellevar», en todas las cosas insoportables que se sobrellevan.
—Lo siento —le dije.
Se secó la cara mojada con una manga. Detrás de las gafas, los ojos de Isaac parecían tan grandes que todo el resto de su cara desaparecía y solo veía aquellos ojos incorpóreos y flotantes mirándome fijamente, uno real y el otro de cristal.
—Es inaceptable —me dijo—. Es totalmente inaceptable.
—Bueno —contesté—, para ser justos, en fin, seguramente es verdad que no puede sobrellevarlo. Tú tampoco, pero ella no tiene por qué sobrellevarlo. Y tú sí.
—Le he dicho «siempre» hoy, varias veces, «siempre, siempre, siempre», pero ella seguía hablando sin decírmelo. Era como si ya me hubiera marchado, ¿sabes? «Siempre» era una promesa. ¿Cómo puedes romper una promesa y quedarte tan ancho?
—A veces la gente no es consciente de lo que está prometiendo —añadí.
Isaac me lanzó una mirada.
—Vale, por supuesto, pero aun así mantienes la promesa. Eso es el amor. El amor es mantener las promesas pase lo que pase. ¿No crees en el amor verdadero?
No contesté, porque no sabía qué contestar, pero pensé que si el amor verdadero existía, la suya era una buena definición.
—Bueno…, yo creo en el amor verdadero —continuó Isaac—. Y la quiero. Y me lo prometió. Me prometió que sería para siempre.
Se levantó y avanzó un paso hacia mí. Yo me incorporé creyendo que quería que lo abrazara o algo así, pero se limitó a girar a un lado y a otro, como si no recordara por qué se había levantado, y entonces Augustus y yo vimos cómo la rabia invadía su rostro.
—Isaac —dijo Gus.
—¿Qué?
—Estás un poco… Perdona el doble sentido, colega, pero hay algo preocupante en tus ojos.
De pronto Isaac empezó a dar golpes a su silla, que salió disparada hacia la cama de Gus.
—Ya estamos —dijo Augustus.
Isaac se acercó de nuevo a la silla y volvió a golpearla.
—Sí —continuó Augustus—, vamos, dale de hostias a la silla.
Isaac volvió a dar patadas a la silla hasta que chocó contra la cama de Gus. Luego cogió una almohada y empezó a golpearla contra la pared, entre la cama y el estante de los trofeos.
Augustus me miró, con el cigarrillo todavía en la boca, y me lanzó una media sonrisa.
—No puedo dejar de pensar en ese libro.
—Lo sé.
—¿Nunca ha dicho qué pasa con los demás personajes?
—No —le contesté.
Isaac seguía machacando la pared con la almohada.
—Se trasladó a Amsterdam, lo que me hace pensar que quizá está escribiendo una segunda parte sobre el Tulipán Holandés, pero no ha publicado nada. Nunca lo entrevistan. No aparece en la red. Le he escrito un montón de cartas preguntándole qué pasa con los demás personajes, pero no me contesta, así que…
Me callé porque parecía que Augustus no estaba escuchándome. Miraba de reojo a Isaac.
—Espera —me dijo en voz baja.
Se acercó a Isaac y lo sujetó por los hombros.
—Las almohadas no se rompen, tío. Inténtalo con algo que se rompa.
Isaac cogió un trofeo de baloncesto del estante de encima de la cama y lo mantuvo en alto, como esperando a que Augustus le diera permiso.
—Sí —le dijo Augustus—. ¡Sí!
El trofeo se hizo pedazos contra el suelo. El brazo del jugador de plástico salió disparado sin soltar la pelota. Isaac pisoteó el trofeo.
—¡Sí! —exclamó Augustus—. ¡Dale!
Y volvió a dirigirse a mí.
—Estaba pensando cómo decirle a mi padre que en realidad odio el baloncesto, pero creo que ya lo tenemos.
Los trofeos cayeron uno detrás del otro. Isaac los pisoteaba y gritaba mientras Augustus y yo nos manteníamos a unos pasos de distancia observando el ataque. Los pobres cuerpos destrozados de los jugadores de plástico cubrieron la moqueta. Una mano descoyuntada palmeando un balón por aquí, unas piernas sin torso saltando por allá… Isaac siguió atacando los trofeos, saltando encima de ellos con ambos pies, gritando, sin aliento, sudando, hasta que al final se desplomó sobre los fragmentos dentados.
Augustus se acercó a él y lo miró desde arriba.
—¿Te sientes mejor? —le preguntó.
—No —murmuró Isaac jadeando.
—Es lo que pasa con el dolor —dijo Augustus. Volvió la mirada hacia mí y añadió—: Hay que sentirlo.
Bajo la misma Estrella:Capítulo 3
Aquella noche me quedé hasta muy tarde leyendo El precio del amanecer. (Os fastidio el final: el precio del amanecer es sangre.) No era Un dolor imperial, pero el protagonista, el sargento Max Mayhem, no era del todo antipático pese a matar, según mis cuentas, a como mínimo ciento dieciocho personas en doscientas ochenta y cuatro páginas.
A la mañana siguiente, jueves, me levanté tarde. Mi madre nunca me despertaba, porque uno de los requisitos del enfermo profesional es dormir mucho, de modo que al principio, cuando me desperté sobresaltada con sus manos en mis hombros, me quedé un poco confundida.
—Son casi las diez —me dijo.
—Dormir va bien para el cáncer —le contesté—. Me quedé leyendo hasta muy tarde.
—Debe de ser un libro bueno —me dijo.
Se arrodilló junto a la cama y me desenroscó del gran concentrador rectangular de oxígeno, al que yo llamaba Philip, porque tenía pinta de llamarse Philip.
Mi madre me enganchó a una bombona portátil y me recordó que tenía clase.
—¿Te lo ha pasado ese chico? —me preguntó de repente.
—¿Te refieres al herpes?
—Te pasas —me dijo mi madre—. Al libro, Hazel. Me refiero al libro.
—Sí, me lo ha pasado él.
—Juraría que te gusta —me dijo alzando las cejas, como si a aquella conclusión solo pudiera llegar el instinto de una madre.
Me encogí de hombros.
—Te dije que el grupo de apoyo te compensaría.
—¿Estuviste esperando fuera todo el rato?
—Sí. Llevaba algo para leer. Bueno, ha llegado el momento de plantarle cara al día, jovencita.
—Mamá, tengo sueño, y cáncer, y tengo que luchar contra él.
—Lo sé, cariño, pero tienes que ir a clase. Además hoy es…
Mi madre no podía disimular su alegría.
—¿Jueves?
—¿De verdad lo has olvidado?
—Puede ser.
—¡Es jueves, 29 de marzo! —exclamó con una sonrisa de loca dibujada en su cara.
—¡Ya veo qué te entusiasma saber qué día es! —dije también yo a gritos.
—¡HAZEL! ¡ES TU MEDIO TREINTA Y TRES CUMPLEAÑOS!
—Ohhhhhh —dije.
Mi madre era toda una especialista en celebraciones. ¡ES EL DÍA DEL ÁRBOL! ¡VAMOS A ABRAZAR ÁRBOLES Y A COMER PASTEL! ¡COLÓN TRAJO LA VIRUELA A LOS NATIVOS, ASÍ QUE TENEMOS QUE REMEMORAR LA OCASIÓN CON UN PICNIC!, etcétera.
—Bueno, pues feliz medio treinta y tres cumpleaños para mí.
—¿Qué quieres hacer en este día tan especial?
—¿Volver de clase y batir el récord mundial de ver episodios seguidos de Top Chef?
Mi madre alzó el brazo hacia un estante por encima de mi cama y cogió a Bluie, el oso azul de peluche que me habían regalado cuando tenía más o menos un año, en aquellos tiempos en que era políticamente correcto llamar a los amigos por su color.
—¿No quieres ir al cine con Kaitlyn, con Matt o con quien sea?
Kaitlyn y Matt eran amigos míos.
Era una buena idea.
—Claro —le contesté—. Voy a mandarle un mensaje a Kaitlyn para preguntarle si quiere ir al centro comercial o a algún sitio después de clase.
Mi madre sonrió y apretó el oso contra su barriga.
—¿Todavía se lleva eso de ir al centro comercial? —me preguntó.
—Me siento muy orgullosa de no saber lo que se lleva —le respondí.
Mandé un mensaje a Kaitlyn, me duché, me vestí y mi madre me llevó a la facultad. Tenía clase de literatura estadounidense, una conferencia de hora y media sobre Frederick Douglass en un auditorio casi vacío, y me resultaba increíblemente difícil no quedarme dormida. A los cuarenta minutos de empezada la clase, Kaitlyn me contestó al mensaje.
Flipante. Feliz medio cumpleaños. Castleton a las 15.32?
La vida social de Kaitlyn era tan agitada que tenía que organizársela al minuto. Le respondí:
Perfecto. Estaré en la zona de los restaurantes.
Mi madre me llevó en coche directamente de la facultad a la librería del centro comercial, donde compréAmanecer de medianoche y Réquiem por Mayhem, la segunda y tercera partes de El precio del amanecer, y después me dirigí a la enorme zona de los restaurantes y me compré una Coca-Cola light. Eran las 15.21.
Mientras leía, observé a dos niños jugando en un barco pirata del parque infantil. Se arrastraban por el túnel una y otra vez, y nunca parecían cansarse, lo que me hizo pensar en Augustus Waters y en los tiros libres angustiados.
Mi madre estaba también en la zona de los restaurantes, sola, sentada en una esquina desde la que pensaba que no podía verla, comiéndose un bocadillo de carne con queso y leyendo unos papeles. Seguramente cosas médicas. El papeleo era interminable.
A las 15.32 en punto vi a Kaitlyn pasando a grandes zancadas por delante de la Wok House. Me vio en el momento en que levanté la mano, me lanzó una sonrisa, que dejó al descubierto sus dientes blanquísimos y recién arreglados, y vino hacia mí.
Llevaba un abrigo gris hasta las rodillas, que le sentaba muy bien, y unas gafas de sol enormes. Se las colocó sobre la cabeza mientras se inclinaba para abrazarme.
—¿Cómo estás, guapa? —me preguntó con acento ligeramente británico.
A nadie le parecía que su acento era extraño o desagradable. Sencillamente, Kaitlyn era una supersofisticada británica de la jet set de veinticinco años en el cuerpo de una chica de dieciséis de Indianápolis. Todo el mundo lo aceptaba.
—Bien, ¿y tú?
—Ya ni lo sé. ¿Es light?
Asentí y le pasé la Coca-Cola. Sorbió por la pajita.
—Ojalá estuvieras en la escuela últimamente. Algunos chicos están ahora de lo más apetecible.
—¿En serio? ¿Quiénes? —le pregunté.
Me nombró a cinco chicos con los que habíamos ido a clase en primaria, pero no recordaba a ninguno de ellos.
—He salido unas cuantas veces con Derek Wellington —me dijo—, aunque no creo que dure. Es un crío. Pero dejemos ya mi vida. ¿Qué hay de nuevo en los mundos de Hazel?
—La verdad es que nada —le contesté.
—¿La salud qué tal?
—Como siempre, supongo.
—¡Phalanxifor! —exclamó sonriendo—. Entonces vivirás para siempre, ¿no?
—No creo que para siempre —le contesté.
—Pero casi —me dijo—. ¿Más novedades?
Pensé en contarle que también yo estaba saliendo con un chico, o al menos que había visto una película con él, porque sabía que le sorprendería que una chica tan desaliñada, torpe y raquítica como yo pudiera ganarse las simpatías de un chico, aunque fuera por poco tiempo, pero la verdad es que no tenía mucho de lo que presumir, así que me limité a encogerme de hombros.
—¿Qué demonios es eso? —me preguntó Kaitlyn señalando el libro.
—Ah, es ciencia ficción. Estoy aficionándome. Es una serie.
—Miedo me das. ¿Vamos a comprar?
Fuimos a una zapatería. Mientras comprábamos, Kaitlyn no dejaba de señalar zapatos bajos y abiertos, y de decirme: «Estos te sentarían de maravilla», lo que me recordó que Kaitlyn nunca llevaba zapatos abiertos, porque odiaba sus pies. Creía que tenía los índices demasiado largos, como si los índices fueran una ventana que daba al alma o algo así. Por eso, cuando le señalé unas sandalias que iban muy bien con el tono de su piel, me dijo: «Sí, pero…», y el pero significaba que dejarían al aire sus espantosos índices.
—Kaitlyn, eres la única persona que conozco con dismorfia en los dedos del pie —le dije.
—¿Qué es eso? —me preguntó.
—Pues como cuando te miras en el espejo y lo que ves no es lo que realmente es.
—Vaya —me dijo—. ¿Estos te gustan?
Me mostró un par de merceditas monas, aunque nada del otro mundo. Asentí, buscó su número y se las probó. Recorrió el pasillo de punta a punta mirándose los pies en los espejos angulares. Luego cogió unos zapatos con plataforma.
—¿Se puede andar con esto? Vaya, yo directamente me moriría.
De repente se calló y me miró como pidiéndome perdón, como si fuera un crimen mencionar la muerte ante un moribundo.
—Deberías probártelos —siguió diciendo para disimular su incomodidad.
—Antes me muero —le aseguré.
Acabé eligiendo unas chanclas por comprar algo. Luego me senté en un banco frente a una estantería de zapatos y observé a Kaitlyn serpenteando por los pasillos, comprando con una intensidad y una concentración propias de un jugador de ajedrez profesional. Me apetecía sacar Amanecer de medianoche y leer un rato, pero sabía que sería grosero, de modo que me limité a observar a Kaitlyn. De vez en cuando se acercaba a mí aferrando unos zapatos cerrados a modo de presa, me preguntaba: «¿Estos?», y yo intentaba hacer un comentario inteligente sobre los zapatos. Al final compró tres pares, y yo me llevé mis chanclas.
—¿Vamos a Anthropologie? —me preguntó mientras salíamos.
—La verdad es que debería volver a casa —le contesté—. Estoy un poco cansada.
—Claro, claro —me dijo—. Tengo que verte más a menudo.
Apoyó las manos en mis hombros, me besó en las mejillas y se marchó meneando sus estrechas caderas.
Pero no volví a casa. Le había dicho a mi madre que pasara a recogerme a las seis y, aunque suponía que estaba en el centro comercial o en el aparcamiento, quería las dos horas que me quedaban para mí.
Me llevaba bien con mi madre, pero el hecho de que se pasara el día pegada a mí me ponía a veces de los nervios. Y Kaitlyn también me caía bien, de verdad, aunque, como hacía tres años que no pasaba el día con mis compañeros de clase, sentía cierta distancia insalvable entre nosotras. Creo que mis compañeros querían ayudarme a sobrellevar el cáncer, pero al final se dieron cuenta de que no podían, y por una razón: el cáncer no se sobrelleva.
Por eso me excusaba en el dolor y el cansancio, como había hecho a menudo en los últimos años cuando quedaba con Kaitlyn o con cualquiera de mis amigos. La verdad es que siempre sentía dolor. Siempre me duele no respirar como una persona normal, tener que recordar todo el tiempo a tus pulmones que sean pulmones, obligarte a aceptar que el dolor de la infraoxigenación, que te araña y te desgarra por dentro, es inevitable. De modo que, en sentido estricto, no mentía. Sencillamente, elegía qué verdad decir.
Encontré un banco junto a una tienda de objetos de regalo irlandeses, el Fountain Pen Emporium, y otra de gorras de béisbol, en un rincón del centro comercial en el que Kaitlyn nunca compraría, y empecé a leerAmanecer de medianoche.
Aparecía un cadáver prácticamente en cada frase, y empecé a devorar el libro sin levantar siquiera los ojos. Me gustó el sargento Max Mayhem, aunque no era un personaje demasiado coherente, pero lo que más me gustaba era que no dejaba de vivir aventuras. Siempre había malos a los que matar y buenos a los que salvar. Empezaban nuevas guerras antes de haber ganado las antiguas. No había leído una serie de este tipo desde que era niña, y me entusiasmaba volver a sumergirme en la infinita ficción.
A veinte páginas del final de Amanecer de medianoche las cosas empezaron a ponerse crudas para Mayhem, porque le pegaron diecisiete tiros mientras intentaba rescatar a una rehén (rubia y estadounidense) capturada por el enemigo. Pero no me desesperé. La guerra seguiría sin él. Podría haber —y habría— secuelas protagonizadas por su equipo: el cabo Manny Loco, el soldado Jasper Jacks y los demás.
Había llegado casi al final cuando apareció frente a mí una niña con trenzas.
—¿Qué tienes en la nariz? —me preguntó.
—Se llama cánula —le contesté—. Estos tubos me dan oxígeno y me ayudan a respirar.
Su madre llegó corriendo.
—Jackie —le dijo con tono de reproche.
—No hay problema —le comenté.
Porque realmente no había problema.
—¿Pueden ayudarme a respirar también a mí? —me preguntó Jackie.
—Ni idea. Vamos a probarlo.
Me saqué la cánula y dejé que Jackie se la pegara a la nariz y respirara.
—Hace cosquillas.
—Ya lo sé. ¿Funciona?
—Creo que respiro mejor —me contestó.
—¿Sí?
—Sí.
—Bueno, ojalá pudiera dártelos, pero la verdad es que los necesito —le dije.
Estaba sintiendo ya su ausencia. Me concentré en respirar mientras Jackie me devolvía los tubos. Los limpié un poco con mi camiseta, me los pasé por detrás de las orejas y me los introduje de nuevo en la nariz.
—Gracias por dejarme probarlos —me dijo la niña.
—De nada.
—Jackie —volvió a decir su madre.
Esta vez dejé que se marchara.
Volví al libro. El sargento Max Mayhem se lamentaba de tener una sola vida que dar por su patria, pero yo seguí pensando en la niña, que me había caído muy bien.
Creo que otro problema con Kaitlyn era que ya no podría volver a hablar con ella con naturalidad. Todo intento de fingir interacciones sociales normales era deprimente, porque era absolutamente obvio que todas las personas con las que hablara hasta el fin de mis días se sentirían incómodas y cohibidas conmigo, excepto quizá los niños como Jackie, que no sabían nada del tema.
En cualquier caso, la verdad es que me gustaba estar sola. Me gustaba estar a solas con el pobre sargento Max Mayhem, que… Oh, vamos, no va a sobrevivir a los diecisiete tiros, ¿verdad?
(Fastidio el final: se salva.)